2009

4:43 de la tarde. 1 de enero de 2009. La tarde, cálida y soñolienta, no parace tener prisa por escurrirse al interior de la mirada. El aliento del nuevo año apenas si desenvuelve sus listones. Al fondo, calle abajo, un muchacho traza líneas quebradas en el pavimento sobre su oscura nave de madera. Desde la banqueta otro lo observa. Le indica cómo presionar el borde trasero con su talón. Ambos ríen. Uno es esbelto y lleva desnudo el torso. El otro, el que intenta sobrponerse a su equilibrio, cubre su cabeza con un paliacate anaranjado. Es el principio de otra era: jóvenes que se han liberado por fin y para siempre de los efectos de la Historia y de sus consecuencias. Jóvenes que han descubierto el falso mecanismo del progreso y que no se tragarán nunca aquello de que hay que anteponer el interés colectivo y bla bla bla. Sólo ellos calle abajo y la luz del sol deshilándose. Y su poder a salvo en lo más hondo de su espíritu. No le tienen miedo a nada: ni a las caídas, ni al invierno, ni al futuro. Se sientan a descansar en el cordón de la banqueta. Ven pasar uno tras otro los automóviles que repentinamente saturan la calle en un cortejo fúnebre. ¿Quién habrá muerto? ¿Qué importa? Es un día apenas. El primer día. Quedan todos los que están por venir para aprender a mantenerse erguido. Inquebrantable. Ellos reventarán la burbuja de hartazgo que pende sobre la ciudad. Ellos arrasarán con todo. Levantarán un mundo sobre este que ahora mismo ya empieza a desdibujarse y que no tardará en ser polvo. Polvo sobre el cual las ruedas de la patineta avanzan con velocidad. El campanario de la catedral anuncia las cinco de la tarde. Los muchachos se toman unos segundos de descanso antes de despedirse y prometerse, mutuamente, que tienen que volver mañana.

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